sábado, 29 de noviembre de 2008
A TENER EN CUENTA
MARTIN SCORSESE PUBLICISTA

A lo mejor el Sr. Scorsese debería abandonar el séptimo arte y montar una agencia de publicidad o una productora. Podría llamarla como su primera película '¿Quién llama a mi puerta?' Aunque casi mejor que siga haciendo películas y de vez en cuando algún que otro anuncio. Como éste que os recomiendo hoy; es su estreno como actor publicitario en un spot creado por BBDO Nueva York para su cliente AT&T. No vende nada, solo nos pide que apaguemos el móvil cuando vayamos al cine a ver una película. Algo que nadie debería recordarnos, aunque si se hacen anuncios tan divertidos como el que puedes ver aquí merece la pena. Pero mejor será que me calle. No quiero interrumpir el anuncio.
*Gerardo Silva es director creativo de la agencia Remo.
MAS SOBRE LA OLA PELICULA ALEMANA

CINE ALEMAN: "DIE WELLE", LA OLA.

La historia se desarrolla en un colegio. Es una escuela secundaria cualquiera, con alumnos normales y corrientes y un profesor que les propone, casi sin pretenderlo, un experimento. “¿Así que pensáis que hoy por hoy Alemania no podría convertirse en una dictadura?” Rainer Wenger, así se llama el docente en la película, les demostrará a sus chicos lo fácil que puede ser caer en las garras de un sistema autoritario.
El colegio, los alumnos, el profesor y los hechos no son invención de Dennis Gansel, el director del filme. Existieron y sucedieron en 1967. Después de cinco días, Ron Jones, profesor de historia en la Cubberley High Shool de Palo Alto, Estados Unidos, tuvo que interrumpir su “The third wave” (la tercera ola), el ensayo con el que hizo comprender a sus estudiantes la dimensión real de la autocracia, con excesivo éxito.
Demasiado lejos
En 1981, el escritor estadounidense Morton Rhue narró en su libro The wave lo acontecido en la Cubberley High Shool. La traducción al alemán, aparecida tres años después, se titulóDie Welle. Bericht über einen Unterrichtsversuch, der zu weit ging. Es decir: la ola. Relato de un experimento de clase que fue demasiado lejos.
Y esa es la trama en la que se basa de Die Welle, la nueva película que cargada de caras conocidas, conocidas en Alemania, llega a los cines germanos con expectativas de ser un éxito. El papel de Rainer Wenger, Ron Jones en original, lo interpreta Jürgen Vogel, un actor de reconocida fama y aspecto desenfadado al que la figura le calza como un guante.
Los chicos, que en el filme son alemanes de 2007 y no estadounidenses en los sesenta, empezarán a adoptar símbolos para distinguirse del resto. Vivirán la experiencia de pertenecer a un grupo, dentro del cual reina la uniformidad, sumisa a una autoridad. Y acabarán defendiendo, y obedeciendo, a esa unidad más allá de lo que jamás hubieran pensado.
Un tema fascinante
En 1981, el escritor estadounidense Morton Rhue narró en su libro The wave lo acontecido en la Cubberley High Shool. La traducción al alemán, aparecida tres años después, se titulóDie Welle. Bericht über einen Unterrichtsversuch, der zu weit ging. Es decir: la ola. Relato de un experimento de clase que fue demasiado lejos.
Y esa es la trama en la que se basa de Die Welle, la nueva película que cargada de caras conocidas, conocidas en Alemania, llega a los cines germanos con expectativas de ser un éxito. El papel de Rainer Wenger, Ron Jones en original, lo interpreta Jürgen Vogel, un actor de reconocida fama y aspecto desenfadado al que la figura le calza como un guante.
Los chicos, que en el filme son alemanes de 2007 y no estadounidenses en los sesenta, empezarán a adoptar símbolos para distinguirse del resto. Vivirán la experiencia de pertenecer a un grupo, dentro del cual reina la uniformidad, sumisa a una autoridad. Y acabarán defendiendo, y obedeciendo, a esa unidad más allá de lo que jamás hubieran pensado.
Un tema fascinante
Die Welle no es la primera película que se dedica a esta temática, y Ron Jones no ha sido el único en testar en personas el efecto que sobre ellas ejerce la mezcla de poder, ideología y sentimiento de pertenencia. Das Experiment (el experimento), un filme del también alemán Oliver Hirschbiegel, cuenta una historia similar acontecida originalmente en 1971 en la universidad californiana de Stanford.
La pregunta de qué es lo que lleva a personas normales, incluso bien formadas e inteligentes, a someterse a principios que antes de la aparición de ciertas estructuras hubieran reprobado moralmente, y en el peor de los casos a ejercer la violencia, ha ocupado a muchos y sigue siendo un tema fascinante que al parecer no pierde vigencia con el paso de los años.
Pero además, Die Welle abre un segundo frente de debate: el que afecta a los jóvenes, a su situación en la sociedad actual, al papel de los padres y de los cada vez más difusos roles familiares. “Los chicos están siendo reducidos hoy en día al problema de la educación o la violencia juvenil. Éstos son los únicos discursos en los que se menciona a los jóvenes. Pero nunca se habla de su valor como seres humanos”, dice Vogel.
por Luna Bolívar Manaut
PARADOJA ELECTORAL DEL EXILIO CUBANO

Lo cierto es que todos parecen confundir sus deseos de una realidad determinada con la realidad misma, esa empecinada contrarrevolucionaria. Y es que lo importante acá no es el cambio, si no la naturaleza de ese cambio. No veremos a nadie apostando un céntimo por el cambio de la comunidad musulmana en Milano o por el de la comunidad mexicana en Madrid, o mejor, en Los Ángeles, California. Es que se sobreentiende que esas comunidades cambien, que toda comunidad, que todo en este mundo cambie, que esa sea la naturaleza de las comunidades y las cosas.
Luego, lo que se espera de la comunidad cubana en Miami es que cambie políticamente, pero, ¿se espera, por ejemplo, que esa comunidad cambie hacia una mayor dedicación y esfuerzo y eficacia en su lucha por desmontar al régimen comunista que oprime la isla por medio siglo?, nada de eso, se espera que cambie en el sentido de la aquiescencia con ese régimen, que apoye el levantamiento del embargo y las pocas sanciones que le impiden a la dictadura ir a sus aires y regrese vacuna y vacunada a la isla a llevar dólares que siempre terminan aceitando la maquinaria represiva, que cambie en el sentido de hacer su vida en el sur floridano sin ocuparse de que sus hermanos noventa millas al sur son encarcelados por el sólo hecho de expresar ideas diferentes al gobierno, de que en el Gulag castrista se pudre desde hace años un médico negro nombrado Oscar Elías Biscet, o un escritor nombrado Normando Hernández, junto a otros, según cálculos conservadores y casi siempre interesados, cerca de 300 presos políticos.
¿Se imaginan ustedes a toda esa gente ilustre, o de lustre, deseando, pidiendo a la comunidad judía internacional que cambie, que sea menos antinazi? ¿Conocen ustedes a entidades o individuos que sean o se declaren moderadamente antinazis?
Y es que el comunismo por oscuras razones, a diferencia del nazismo, conserva aún una dosis de credibilidad y legitimidad en un rescoldo del inconsciente de alguna, demasiada gente quizá. Vaya que las víctimas del comunismo, encima de ser víctimas, han de andarse con mucho cuidado a la hora de expresar su condición de víctimas, no sea que se les acuse de descorteses, extremistas y retardatarias, y nunca faltará a mano una costosa parafernalia propagandística deseando, induciendo un cambio en la lucha y hasta en el tono de la queja de dichas víctimas.
Esa hipnopedia para el cambio, como en la novela Un mundo feliz de Aldous Huxley, tropieza siempre con el valladar del voto de los exiliados cubanos a la hora de las elecciones. Una y otra vez, como en el cuento de nunca acabar, los cubanos de Miami y otras partes en Estados Unidos apuestan por elegir como sus representantes a personas comprometidas con el tema de las libertades en Cuba, una y otra vez los agoreros del cambio vuelven con lo suyo. El problema acá es que tampoco hay consecuencias. Me explico. Sale un analista, cubanólogo u otra especie, y declara orondo y engolado a los medios del mundo: "El exilio cubano, sobre todos los jóvenes y recién arribados a estas costas, darán muestras de un dramático cambio en las próximas elecciones." Pero pasan las elecciones y el exilio cubano no da muestras de ningún cambio, mucho menos dramático, y nadie rechifla al profeta, ni parece recordar su fracaso, y los medios continúan citándolo, entrevistándolo como una gran autoridad en la materia. Mismo profeta que hace dos años había dicho que Raúl Castro, relegado Fidel a la condición de medio vivo o medio muerto, era un pragmático reformador, un piadoso hombre de familia que, si no un demócrata, que tampoco hay que exagerar, sí seguro conduciría la isla a una jauja a mitad de camino entre el experimento chino y el vietnamita.
El esfuerzo por inducir al cambio pudo apreciarse quizá como nunca antes durante las recién concluidas elecciones estadounidenses. Puesto que Barack Hussein Obama era el candidato del cambio, luego de ocho años de administración republicana y una crisis financiera que ni pintada, bueno, pues ahora sí el exilio estaría a punto de caramelo, quiero decir, a punto de cambio, y ocurre entonces que se manifiesta lo que he dado en llamar la paradoja electoral del exilio cubano. Paradoja porque, habiendo Obama ganado el estado de Florida, eso no podía suceder, como efectivamente no sucedió, sin que un buen número de isleños diesen su voto al afrodescendiente. Pero hete aquí que los lugartenientes demócratas de la campaña floridana de Obama, Anette Taddeo, Joe García y Raúl Martínez, con agendas encaminadas a aliviar el embargo y levantar sanciones a la dictadura, fueron ominosamente derrotados en su empeño por destronar de la Cámara de Representantes a los republicanos Iliana Ros-Lehtinen, Mario Díaz-Balart y Lincoln Díaz-Balart.
Y es que estos tres congresistas cubanoamericanos, junto a los ahora senadores Mel Martínez, republicano de Orlando, y Bob Menéndez, demócrata de Nueva Jersey, y el congresista Albio Sires, también demócrata de Nueva Jersey, son lo responsables directos de que Estados Unidos, no importa qué partido esté en el poder, no haya pactado ya una relación de conveniencia con la dictadura cubana. Esos hombres, y esa mujer, son los exponentes del mandato del pueblo cubano libre expresado con el voto. En ellos se da además otra paradoja, la de que, contrariamente a lo dicho por Castro y sus muchachos de la izquierda, los exiliados cubanos no serían unos servidores de los intereses del gobierno estadounidense, sino exactamente al revés, el gobierno estadounidense sería un servidor de los intereses de los exiliados cubanos en tanto ciudadanos de la Unión Americana, expresión, en definitiva, de la paradoja mayor de la democracia: los gobiernos se deben a sus gobernados y no a la inversa.
La tesis de que los cubanoamericanos más jóvenes y los recién llegados de la isla habrían transmutado el espectro político del exilio porque no estarían interesados en los problemas de la isla ha fallado. La verdad es que quizá sí se esté dando ahora mismo un cambio, pero un cambio insospechado para los sostenedores de la tesis. Esos jóvenes, interesados o no en la isla, estarían cambiando, filosófica e ideológicamente hablando, hacia posiciones más sólidas de lo que se entiende como la derecha. Los verdaderos conservadores y libertarios serían los hijos de los exiliados históricos, no los exiliados históricos demasiado permeados como estarían de las ideas revolucionarias y socialdemócratas prevalecientes durante la República anterior a Fidel Castro (por ello quizá es que éste pudo confundir a la mayoría de la sociedad isleña y hacerse con el poder e implantar el comunismo), y aún los cubanos llegados en las últimas oleadas, que tras curarse el sarampión marxista, comprar la primera casa, poner el primer negocio, traer a la familia que quedó atrás, o fundar una nueva (tiempo que probablemente se correspondería con el tiempo en que se harían ciudadanos), comenzarían entonces a votar por los candidatos que prometan meter menos las manos en sus bolsillos, subir sus impuestos, y cuyo discurso se aleje lo más posible, entre más mejor, de aquel otro discurso que, en nombre de un supuesto bien común, les machacaban sin piedad por los altavoces a todas las horas del día y de la noche de sus vidas en la isla de los infiernos.
jueves, 27 de noviembre de 2008
Juan Marsé catalán y premio Cervantes 2008
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LA HISTORIA DEL PREMIO CERVANTES

1976: Jorge Guillén (España)
1977: Alejo Carpentier (Cuba)
1978: Dámaso Alonso (España)
1979 : Gerardo Diego (España) y Jorge Luis Borges (Argentina)
1980: Juan Carlos Onetti (Uruguay)
1981: Octavio Paz (México)
1982: Luis Rosales (España)
1983: Rafael Alberti (España)
1984: Ernesto Sábato (Argentina)
1985: Gonzalo Torrente Ballester (España)
1986: Antonio Buero Vallejo (España)
1987: Carlos Fuentes (México)
1988: María Zambrano (España)
1989: Augusto Roa Bastos (Paraguay)
1990: Adolfo Bioy Casares (Argentina)
1991: Francisco Ayala (España)
1992: Dulce María Loynaz (Cuba)
1993: Miguel Delibes (España)
1994: Mario Vargas Llosa (Perú)
1995: Camilo José Cela (España)
1996: José García Nieto (España)
1997: Guillermo Cabrera Infante (Cuba)
1998: José Hierro (España)
1999: Jorge Edwards (Chile)
2000: Francisco Umbral (España)
2001: Álvaro Mutis (Colombia)
2002: José Jiménez Lozano (España)
2003: Gonzalo Rojas (Chile)
2004: Rafael Sánchez Ferlosio (España)
2005: Sergio Pitol (México)
2006: Antonio Gamoneda (España)
2007: Juan Gelman (Argentina).
2008: Juan Marsé (España).
CULTURA Y MERCADO

LOS CANDIDATOS AL CERVANES

martes, 25 de noviembre de 2008
LAS BLACBERRY Y LA SEGURIDAD NACIONAL

Ahora se está usted preparando para entrar en la Casa Blanca y le van a arrancar su BlackBerry de las manos por motivos de privacidad y seguridad. Saboree la ironía: ha conquistado el Despacho Oval haciendo historia en el campo de la tecnología, para encontrarse con que ahora le piden que gobierne como en el siglo XIX. Son los ecos de Lincoln.
El resto de la Casa Blanca tendrá e-mail, por supuesto, y los ayudantes de Obama tendrán BlackBerrys atadas a sus antebrazos, pero pensar en un presidente que no esté conectado nos da una sensación de parón. En el mundo laboral, muchos de nosotros hemos presenciado momentos en los que se cae el sistema de e-mail de la oficina. La gente sale de sus despachos con cara de asombro, escupiendo sandeces —"¡No podemos hacer nada!"—. A continuación siguen las conversaciones forzosas en los pasillos. Otros se reúnen para visitar antes de tiempo el Starbucks. Alguien con determinación da un portazo y empieza a hacer llamadas telefónicas. Debajo de este aire vagamente festivo, hay una profunda incomodidad, un sentimiento de estar perdidos.
Obama está a punto de encontrarse en una isla —se acabaron los e-mails de felicitación de los amigos, los mensajes de los niños, los consejos de Scarlett Johansson (¡!)—. El presidente Bush está deseando, entre otras cosas, recuperar este canal privado: "Recuerdo que cuando era gobernador estaba en contacto con todo tipo de gente de todo el país, mandando e-mails a diestro y siniestro todo el día para mantenerme en contacto con mis amigos". Bush abandonó el e-mail cuando se convirtió en presidente.Clinton prefería el teléfono móvil para sus entrevistas nocturnas y, aunque el e-mail llegó a la Casa Blanca durante el mandato de Bush padre, él no lo usaba. Sin embargo ahora,'Papi' se define como un "cinturón negro en el envío de e-mails por vía inalámbrica". Le gusta que sus amigos le envíen mensajes durante los partidos de los Houston Astros, en los que se sienta detrás de la base de home-run y les responde con un saludo en la televisión cuando los recibe.
¿Y qué pasa con el resto de los líderes mundiales? Putin, como buen ex agente de la KGB, no usa casi nunca el teléfono móvil, por no hablar del e-mail. Los británicos tuvieron hace poco un embarazoso episodio diplomático cuando una mujer le birló su Berry a un ayudante de Gordon Brown en una discoteca china. Y, el verano pasado, el servicio de seguridad francés prohibió usar BlackBerrys al Gabinete francés, en parte por cuestiones razonables de seguridad y en parte por la razón tan francesa de que "el sistema BlackBerry se encuentra en servidores localizados en EEUU y el Reino Unido". Nicolas Sarkozy también tiene un problema de modales con las BlackBerry; el Telegraph informó de que "estuvo a punto de ofender al Papa" al echar un vistazo a su Berry en el transcurso de una audiencia con el pontífice. Sarkozy ha reducido su uso en público del móvil y la Berry como parte de sus esfuerzos para "dar una imagen de presidente". Esto parece lógico (mirar la Berry durante una conversación cara a cara sugiere una inseguridad nerviosa, mientras que dejarla tranquilamente sobre la mesa y no mirarla sugiere determinación).
Los miembros del Congreso recibieron BlackBerrys tras el 11S, cuando se desveló que estos teléfonos móvilesseguían funcionando en las Torres Gemelas después de que fallase el servicio de telefonía móvil. En la actualidad, como declaró Daniel Libit en 'Politico', el 70% del Congreso tiene una BlackBerry, dándose diferentes niveles de adicción. (La edad no es un indicador del amor por la Berry: parece que el senador Ted Stevens, de 85 años, se paseaba por los pasillos del poder ensimismado en la Berry). A algunos congresistas les encanta sentir el zumbido en el cinturón, mientras que otros se preocupan porque el Congreso ya no sea un refugio para protegerse de los electores. El artículo de 'Politico' cita a Steve Frantzich, un profesor de Ciencias Políticas, que teme por el futuro del 'platillo refrigerador' de George Washington —una metáfora que usó el primer presidente para describir el Senado como el lugar donde las ideas más exaltadas de la Casa se suavizan mediante la deliberación—. Un Capitolio que se suba al carro del push e-mail pone en peligro el ideal de 'cambio' de Obama. Uno de los mayores atractivos del e-mail, después de todo, es que se pueden evitar las conversaciones cara a cara. Es mucho más fácil ser partidario o contrario con los dedos.
Durante su campaña, Obama expresó su frustración por su agenda sobrecargada y apuntó la importancia de reservar tiempo para pensar. Así que abandonar la BlackBerry quizá no sea una dificultad, sino más bien la primera y mayor criba para aumentar la productividad de la vida presidencial. Ganar la batalla al e-mail es el sueño común de los frikis de la productividad, que aconsejan mirar el e-mail sólo dos veces al día y desactivar los avisos de mensajes recibidos. El ideal inalcanzable de productividad es un flujo de información que sólo te interrumpe cuando es importante y necesario. En realidad no queremos que no nos llegue ningún e-mail, pero sí sólo los de crucial importancia. Para tal fin, la Casa Blanca ya está diseñada como un sistema de filtrado de información, en el que sólo lo mejor y lo más urgente llegará a la mesa de Obama. El éxito o el fracaso de este sistema residen en el criterio de aquellos de quienes él se rodea.
Aún así, hay algo preocupante en que Obama deje la Berry. Ser el líder del mundo libre puede tener sus compensaciones, pero el no tener el poder de pulsar el botón de enviar debe de dar una sensación de debilidad. Estas rarezas tecnológicas en el despacho más importante sugieren incómodas asociaciones: un FBI con ordenadores cutres, un Gobierno que parece en retroceso, remoto e inútil. No hay que ser un apasionado de los ordenadores para ver que un flujo tranquilo de información puede servir de ayuda a la hora de afrontar la complejidad de la crisis financiera, de Irak, Afganistán, de la educación y de la sanidad. La política de la tecnología empieza por lo más alto. Obama debería sentar precedente teniendo la Berry a su lado: he ahí un Gobierno accesible, capaz y eficiente. Además, un hombre necesita un 'BrickBreaker' para esas largas y aburridas reuniones.
*Este artículo se ha publicado originalmente en el medio digital estadounidense Slate.
AMERICA LATINA VISTA COMO FÁBRICA DE MITOS
